
Ayer fue un día de locos con todo lo que pasó y la única manera que tengo de asimilarlo es escribir, ponerlo en palabras y contarles la historia. Como amaneció el día muy nublado pensé que era la mejor opción ir a vacunar a Amanda, que tenía un par pendientes y como hoy estaba anunciado un día frío y probables chubascos, con lluvia o fiebre igual nos quedaríamos en casa. Se portó un siete mi Picolina. Aprovechando su buen estado de ánimo pasamos a renovar el chip de mi celular, porque yo ya no podía seguir sin teléfono. Nos vinimos apuradas, pues a esas alturas ya tenía hambre. Al regresar a casa nuestra gatita estaba muy extraña. Para empezar toda sucia como si la hubiesen revolcado quién sabe dónde. Pero no le dí mayor importancia. Después del almuerzo el día despejó y salimos a jugar al jardín. Lo extraño es que Carlota no se movió de donde estaba. En eso una corriente fuerte de aire nos cerró la puerta de entrada y la de atrás que conecta con la cocina, que estaba abierta, se encontraba también cerrada. Es decir nos quedamos afuera. Por suerte el vecino, quien a su vez nos arrienda la casa tiene copias de las llaves. En Santiago suegrito se pegaba el pique cuando nos pasaba. La nana del lado lo llamó a su oficina, ya que de todas formas el siempre llega a almorzar. Se demoraba tanto que finalmente pusimos una escalera. Trepé, me monté en el muro, crucé la escalera hacia el otro lado y listo. Cómo me atreví fue gracias a la preocupación por la gata y que Picolina no se hiciera en los pantalones sin poder cambiarla. En algún minuto la gata entró a la casa y estaba toda chorreada de sus necesidades elementales. Ahí sí me preocupé, porque los gatos son impecables en este sentido. Salió cojeando y pensé que quizás estaba teniendo una pérdida. La suponíamos embarazada, porque entró en celo y yo no tenía idea que se les daba anticonceptivo mientras amamantan. A todo esto los gatitos hace rato que los regalamos. Se fueron como pan caliente a sólo dos días de cumplir la edad para irse. Para seguir con la historia, en Puerto Varas casi todo se paraliza alrededor de la una y eran la una y cuarto. Cuando por fin me contestó una veterinaria que queda cerca me dijeron que la doctora llegaba recién a las seis de la tarde. La llevamos igual. En una caja amarrada con cinta de embalaje subí a la gata y a Picolina en el coche. ¡Se imaginan el espectáculo! Al pasar frente a una construcción la gata se desesperó y rompió la huincha. Se escabulló como pudo y fue a parar bajo el radier de la casa en cuestión. Los maestros, los de la veterinaria, Picolina y yo tratando de sacarla. No hubo caso. Estaba tan estresada que el estudiante a cargo mientras la doctora no estaba nos dijo que mejor pasara un tiempo y en una de esas salía por sus propios medios. Volvimos a la casa, comí algo y en eso ya era la hora de la leche de la chica. Luego volvimos y ahí estaba. Al llamarla contestaba con maullidos lánguidos. Era un echo que el dolor no la dejaba moverse. Un maestro sugirió que me metiera por la gatera (entrada al radier) con una linterna. Volamos a casa a cambierme de ropa y partí con linterna de montaña en la cabeza. Picolina heroíca entendió perfecto que la mamá rescataría a su gatita. A medida que yo avanzaba arrastrándome como soldado en guerra mi hija gritaba Carlota y Mamá, mientras avanzaba por las tablas sobre mi cabeza. Llegué a la gata y la saqué como pude. Ella entendía que la estaba ayudando. A Picolina le vieran la cara de alegría al vernos salir. Los maestros miraban la escena con cara de no creer lo que veían. ¡Mi pinta era de guerra! Así volvimos a meter a la gata a la caja, esta vez mejor sellada, y corrimos al doctor. Ahí se quedó. Estuvimos un buen rato mientras la examinaban. Picolina entendía muy bien que Carlota estaba enfermita. El diagnóstico era pésimo: quebradura en la pata izquierda trasera y contusiones múltiples. Al parecer la alcanzó un auto. Picolina armó puzzles y pintó mientras esperábamos. Luego nos fuimos a despedir. Chao Carlotita, decía la dulce voz de mi chiquitina. La gata nos miró como si supiera que no nos volveríamos a ver. Hoy en la mañana me dijeron que murió en la noche. No la pudieron estabilizar. Tuvimos el gusto que nos eligió para vivir sus últimos meses. Murió tranquila sin dolor. Con una pala prestada en yoga, donde me llegó la noticia, hicimos una cunita para Carlota. Picolina todo el tiempo a mi lado. Luego fuimos buscarla. Se encontraba cuidadosamente envuelta en papel y con algo especial para evitar el olor. La pusimos en su última casa y juntas con nuestra querida nana observando la escena le echamos la tierra encima. Cantamos Shanti (Paz) varias veces y nos despedimos. Nunca me había tocado enterrar una mascota. En el campo al morir los perros nunca estábamos allá. Cuando atropellaron a mi Lucas lo enterraron antes de que yo llegara del colegio. Pienso que los niños a su manera entienden mucho más de lo que podemos imaginar. No podía decirle a mi hija que la gata se fue. Como es ella, probablemente pensaría que su minina ya no la quería. Después de su siesta salimos al jardín y me dijo indicando el lugar "La cunita mamá". Sabe que la gata está ahí y se quedó tranquila. Entiende que Carlota ya no va a despertar más. No va a venir ningún Gato con Botas a besarla para que despierte. La vida no es un cuento, pero los cuentos de hadas ayudan a entenderla. Adiós gatita Carlota. No te olvidaremos jamás.

Pucha...sí quería decirte que te encuentro total, tan humanitaria con tu gatita, tan compasiva y cariñosa aún cuando tenías a la Picolina bajo tu cuidado. Te pasaste, qué lujo de familia tuvo Carlota.
ResponderEliminar:-(
ResponderEliminarsi todavia se echa mucho de menos...
ResponderEliminar