María Fernanda Moletto . Con la tecnología de Blogger.

miércoles, 17 de febrero de 2010

Confianza del consumidor


Confiar es un acto de fe y es una acción que realizamos varias veces al día desde que nos levantamos. Uno de los más clásicos es confiar en el producto que compramos. El otro día fui al supermercado que queda cerca de mi casa a comprar un par de cosas que me faltaban, ya que aún no habíamos realizado la compra grande por internet. Veníamos recién llegando a Santiago y era urgente cocinar para mi Picolina. El supermercado que nos queda convenientemente a pie tenía un historial que dejaba bastante que desear, por lo que antes de su remodelación para nosotros no existía. Se sabía de malas prácticas y en persona experimenté el cambio de etiquetas señalando una fecha más reciente en ensaladas frescas o me tocó comprar pan que parecía del día y no lo era. Ni hablar del mal olor y el desorden de los productos. Luego vino el cambio de dueño y el inmueble estuvo en remodelación por meses. Volver a comprar ahí comenzó de a poquito. No había que tomar el auto y sirvía de paseo para la chica. Seguimos haciendo la compra grande por internet a un supermercado que ha demostrado mejor calidad, pero lo que hay que renovar más seguido lo empezamos a comprar aquí. Hasta que se volvieron a caer. Llegué a la casa con un trozo de carne en evidente descomposición y no podía ser que un trayecto de menos de diez minutos a pie afectara tanto. Me puso en alerta una conversación en la peluquería del barrio. Yo había comprado temprano y luego volví a a salir. Una señora había comprado una pechuga de pollo la tarde anterior y en la noche cuando la quiso cocinar no pudo. Estaba contando del escándalo que había montado hace unos minutos. Era lógico que si había comprado con unas horas de diferencia mi carne también debía estar mala. Así fue. La retorné y me devolvieron el dinero. La confianza no. "Lástima", les dije, "había costado cualquier cantidad volver a comprar aquí y resultaba tan cómodo". De ahora en adelante la verdura se compra en la feria, el pan en la panadería y todo lo demás ojo con la organización. A ese supermercado en lo posible no vuelvo.

martes, 16 de febrero de 2010

Nombres trillados


En todas las generaciones se repiten nombres que se escuchan una y otra vez. El nombre por alguna razón se pone de moda. No falta el cantante famoso o un hecho que llame mucho la atención y los niños que nacen cerca del evento quedan todos bautizados iguales. En mi curso del colegio habían siete Carolinas y en la U en mi clase de Judo, donde tuve por primera vez tantos compañeros hombres, habían cinco Rodrigos. Se distinguían por el color del cinturón. Es cosa de ver las sección nacimientos del diario y ver Benjamines, Antonias y Sofías por montones. Las novelas y series de TV ayudan al fenómeno. Después de la serie "Dónde esta Elisa" el nombre se popularizó en un ciento por ciento. Yo estaba feliz de que no habíamos bautizado así a la Picolina, ya que era uno de los nombres que se barajaba antes de nacer. Todos de acuerdo en que Amanda era hermoso y no tan trillado, aunque al poco tiempo de nacer mi niña, empezó a escucharse más por el aniversario de Victor Jara y su canción "Te Recuerdo Amanda". Un centro cultural lo bautizaron así por él. "Nombre comunista", pensé, pero la chica ya estaba inscrita y no fue esa la fuente de inspiración, sino una gringa muy simpática a quien guié por Valparaíso antes de quedar embarazada y su nombre me encantó. En la plaza que vamos todos los días y es bastante concurrida hasta ahora es la única. Y digo hasta ahora, porque con horror me enteré de que así se va a llamar la protagonista de la teleserie de Canal 13 y eso hará que hasta en el último rincón del país el nombre empiece a sonar. Pobre Picolina que se quedó sin un nombre original. Por lo menos en su curso espero que sea la única. Las que van a nacer durante y después de la novela ya serán entre uno a dos años menores.

lunes, 15 de febrero de 2010

Mala Clase

En todas partes uno se encuentra con vecinos cuyas acciones dejan harto que desear. En mi edificio por la cantidad de gente que habita en el mismo, los vecinos de mala clase abundan. Desde los que tiran sus colillas por la ventana que caen al jardín hasta los que tienen la música a todo volumen a altas horas de la madrugada un día de semana sin importar el descanzo de aquel que trabaja temprano al día siguiente. El sábado pasado por la mañana abrí la puerta del departamento para recoger el diario al que estamos suscritos. Es un agrado tener el periódico tan a mano cuando uno se levanta. A pesar de que no era tan temprano me encontré con la sorpresa de que el diario no estaba. A veces pasa que el conserje está sin ayudante y no puede repartir por no dejar la conserjería abandonada. Llamé por citófono y la respuesta fue decepcionante. Todos los periódicos habían sido repartidos hace mas de una hora. "Alguien se lo pelo", me dijo el conserje, "No seria la primera". No nos había sucedido antes y eso me hacia creer que por lo menos en eso los vecinos eran civilizados. Miré los diarios de los otros para ver si se habían equivocado al repartir. "El Mercurio" grande y gordo del 202 me llamo la atención. Luego salimos a comprar el pan y verduras frescas con la Picolina y al regreso a un par de metros de mi puerta me encuentro "La Tercera" botada en forma desordenada a mitad de pasillo. Me acerqué para mirar y era la nuestra con nombre y apellido. Concluí que el señor del 202 no podía tener un "Mercurio" de ese tamaño. De alguna manera se coló mi "Tercera" entre medio y no fue capaz de dejarla en mi puerta como corresponde o de tocar el timbre amablemente para decirnos que el tenia nuestro diario por equivocación. Fome ya sea que me la hayan robado o que la dejaran abandonada a merced de que cualquiera se la lleve. El mensaje es el mismo: soy vecino mala clase y el del lado me importa un comino.

viernes, 12 de febrero de 2010

Recuerdos de Verano


Estos días estuve en el campo de mis abuelos con mi Picolina. Lo paso increíble y los días se hicieron cortos de tantas cosas por hacer y descubrir que habían. Andar en carretón, subir al tractor, pasear en carretilla, perseguir al perro y ver los gatos de la Sra. Flora. Las gallinas y las lagartijas quedaron agotadas, no quedo flor sin oler ni piedra que levantar. Todo lo que encontraba estuvo entre esas manitas curiosas. La visita en especial de un amigo, que no venia aca en mas de veinte veranos, me traslado a mi propia infancia. Lo encontró todo igual a como lo recordaba, solo que a una escala menor de como lo veía todo con ojos de niño. Veranos eternos entre primos y amigos. Jugábamos hasta el cansancio y cada día era una aventura. Estoy agradecida de tener tan lindos recuerdos de mi niñez en este lugar y espero que para Picolina sea lo mismo.