Esta historia está basada en una imagen que tuve de alguna vida anterior y se las comparto en las siguientes palabras:
Hace mucho tiempo atrás, cuando las palabras aún no se habían escrito, vivía una vieja sabia que se dedicaba a enseñar a su pueblo a través de las historias que sus ancestros alguna vez también a ella le había relatado. Así vivía ella junto al fuego, que siempre se mantenía encendido, dentro de su ruca. Cierto día, el viento del fin del mundo sopló más fuerte que de costumbre. La tierra se levantó llevando consigo todo lo que encontró a su paso. Las historias de la anciana se esparcieron hasta los rincones más escondidos y lejanos. El viento finalmente se detuvo después de 40 días y 40 noches y por su causa el paisaje ya no era el mismo. El pueblo ya no tenía hogar y todos, uno a uno, debieron emigrar en búsqueda de nuevos horizontes. Entonces la anciana se quedó sola, pues su cuerpo ya no le permitía realizar largas caminatas. Estaba triste y se sentía angustiada, porque sabía que quienes se habían ido ya no estarían completos. Olvidarían de dónde venían y eso los haría vagar sin rumbo. Allí permanecío sentada cuando de pronto entre los escombros se asomó una niña de ojos luminosos. La pequeña se acercó timidamente a la anciana y ambas sonrieron. Sabían que se tenían la una a la otra. Así la niña buscó pequeñas ramas para encender el fuego otra vez y todos los días salía a buscar algún ingrediente que la anciana pudiera cocinar. Al crecer, la joven ya podía llegar cada vez más lejos, pues corría más rápido, lo que le permitía conocer lugares más lejanos. Así como recolectaba alimento, fue recogiendo una a una las historias que se habían perdido. La anciana aprendió a cocinar los nuevos ingredientes que la joven traía y con ella fueron de a poco llegando también aquellos que se interesaban por escuchar las historias que la anciana solía narrar. Resulta que la joven en cada lugar preguntaba por el mejor ingrediente para acompañar el relato de la abuela. Atraídos por la curiosidad la gente comenzó a acompañarla hasta el fogón de la anciana y permanecían largo tiempo sentados escuchándola. La voz se corrió y fue así como el fuego se mantuvo encendido y a su alrededor se reunieron aquellos que se habían perdido.

