María Fernanda Moletto . Con la tecnología de Blogger.

miércoles, 9 de agosto de 2017

EL PORTAL DEL TIEMPO




Hace ya un tiempo volví de la Habana, un lugar al que hace mucho tiempo en otra vida y en otra galaxia había conocido, pero no del todo como a mí me hubiese gustado y sin querer una pequeña chispa dentro de mi ser se extinguió. Las circunstancias de aquella época no vale la pena detallarlas. Me quedo con los lindos recuerdos y el perdón. Sobre todo el perdón a mí misma. Había leído e intentado entender aquello, pero vivirlo en profundidad es alivianar el alma por entero. Así al aterrizar en aquél aeropuerto volvieron a mí imágenes que sencillamente habían quedado en el limbo. Cada una de ellas se sanó y se liberó desde el primer momento en que visualicé a quién hacía posible el milagro del volver a pisar Cuba. El tiempo en ese abrazo se detuvo mientras mi alma alzaba los brazos al cielo para agradecer y agradecer. No es casualidad, porque hace mucho tiempo durante el 2012 me dediqué a realizar una peregrinación por aquellos lugares que sentía nostalgia. Sin duda recuperé en cada uno de esos rincones pedacitos de mi alma y me dí cuenta de que mi hogar en ese momento era Puerto Varas con nuestro lago y nuestro volcán como les llama Picolina al lago Llanquihue y al volcán Añañauca ( Osorno ). Con el paso del tiempo el corazón comenzó a pesar de nuevo y me dí cuenta que sin querer había dejado de hacer cosas que me apasionan, especialmente andar en bicicleta y caminar. Nada es casualidad en la vida y tal como el patito feo en su peregrinación hacia los suyos, en el momento en que está a punto de morir de frío, es recogido por un campesino, una mano firme y sabia me brindó aquel cobijo, energía y excusa para volver a pedalear en  mi bicicleta. Mi bicicleta, aquella compañera de tantas aventuras y recuerdos que  me acompañan por siempre, desde la tierra de mis raíces hasta el arena del desierto.  Sin darme cuenta terminé entrenando para realizar la vuelta al Lago Llanquihue. Tres días de intenso pedaleo,  durante el cual sentí mi cuerpo y fui consciente de cada respiración hasta llenarme de la energía necesaria para emprender mi propio sendero. El camino es largo y requiere constante entrenamiento. Aún quedaban en mí emociones rezagadas, especialmente la ira. Rabia hacia mi misma, de aquella que nos provoca el rechinar de dientes mientras dormimos y se hace presente frente a la menor provocación. Al mirarme en el espejo tan sólo veía mi imagen desgastada por el paso del tiempo y  la falta de sueño.  No es simple ser la golondrina del cuento. Ya de niña tantas veces envidié  a los príncipes felices que yacían durmiendo. Ahora entiendo que se despierta de a poco y que también se trata de un proceso doloroso, ya que la primera sensación es de malestar, particularmente en el dedo que el huso del entorno y las circunstancias hicieron sangrar con tanta crudeza. Así abren los ojos las almas que habían nacido despiertas. El entumecimiento pasa lentamente y de a poco se baten las alas y se comienza a brillar. La luz en tenue y sube en intensidad en momentos de gozo. La carrera ha comenzado y la sensación de ahogo es intensa. No sabemos todavía confiar en nuestro instintos. La abstracción del pensamiento permite entender que las alas nos sostendrán, no obstante el miedo es mayor y optamos por la seguridad de la rama. Una rama que sentimos débil bajo nuestros pies y caminamos en puntillas con tal de no quebrar la realidad en la que nos empeñamos en creer y crear. Volver a sentir las piernas durante un verano hace dos años al realizar una caminata en el Parque Nacional Altos del Lircay, me conectó con la necesidad de expiar mis errores y llorarlos hasta quedar seca. Mis extremidades inferiores  me demostraron que era capaz de continuar siempre y cuando hubiese un motivo para seguir contando y volví a enmendar el rumbo. Mi relato hasta aquí había sido una manera de gritarle al mundo que existo. Sin querer había vuelto a escuchar las voces externas que venían del amor y la preocupación, pero no era lo que yo necesitaba. Entonces soñé con ella. Con la vieja sabia que me hablaba, sólo que esta vez no la ignoré. Dentro de mí se producía el Big Bang y la chispa divina regresó tal y como había sido en un principio, a través de la palabra. A través de las historias que habían resucitado al nacer mi Picolina, pero que ahora cobraban sentido. El puma  se abría paso sigilosamente por el bosque con la certeza de encontrarse en la ruta correcta. Es la única manera de sobrevivir y mostrarle el camino a la cría. Si la madre es débil, los pequeños también mueren. La palabra cobró fuerza de tal modo que me transformé en un cóndor de alas extensas y crucé la Cordillera de los Andes. Por fin emprendía el vuelo hacia mi primer festival internacional de narración oral escénica. Buenos Aires me brindó bajo su aire europeo, entre callecitas, librerías, cuentos y cafés, la oportunidad de recordar la magia de viajar y conocer personas de otras latitudes. El mundo se abría lentamente ante mis pies para que pudiera caminarlo libremente y circular por la vida a mis anchas. Fue lindo recordar el tiempo de embarazo. Picolina me acompañó todo el tiempo, porque un  portal se abrió. Tan sólo un lapsus   atrás había visitado los mismos lugares con ella en la panza. Bueno,  no todos, porque esta vez sí no dejé nada pendiente. Con la Gaby recorrimos hasta el cementerio y resucitamos nuestra divinidad. Las contadas en teatros, escuelas y cafés junto a narradores que siempre había admirado fueron un sueño. Corrijo, una realidad maravillosa. Una realidad que ahora palpaba con mis propios pies en aquellos escenarios y mi voz cobraba vida desde el verdadero perdón. Dos ángeles cubanos removieron con su música y sus cuentos los últimos vestigios de incredulidad y así con fuerza y confianza volvimos con mi compañera de narración a casa a presentar espectáculos chispeantes, sensuales  y llenos de risa. El invierno en el sur es crudo. Últimamente los inviernos también se han tornado muy fríos. La carrera  por batir las alas sin descanso cobró su prenda con mayúscula. Mi cuerpo fatigado y algunas desilusiones hicieron corto circuito. Era el momento de pedir ayuda. No era la primera vez que me sucedía, pero si en esta ocasión palpé el limbo de la desesperación al notar que mis capacidades neurológicas se veían afectadas. Aquellas trabas tan usuales en mi persona se exacerbaron con creces. La explicación era sencilla y muy difícil de asimilar. Me diagnosticaron síndrome de realidad desordenada o falta de integración sensorial. Es un problema congénito que actualmente se corrige en los bebes y niños a temprana edad. En mi caso, si bien era y continúa siendo notorio algunas excentricidades,  éstas se manifestaron  tan enérgicamente que mi vida diaria se hizo insostenible. Saber el diagnóstico  por un tiempo me sumió en la tristeza y me volvió a conectar con la rabia. No podía dejarme vencer y permanecer como víctima de las circunstancias. ¡No esta vez! Antes que aquella tentación  se apoderara de mí volví a aferrarme a la vida, aún con mayor ímpetu del que enfrenté la difícil crianza de mi pequeña. El lema la Madre primero se convirtió en rugido y el puma de un brinco saltó sobre  el caimán. La búsqueda en espiral de a poco se torna en la línea recta que cierra el círculo. Había vuelto por esa flecha rezagada en el camino con la convicción de que se trataba de la última pieza del rompecabezas. El arco iris de color naranjo pintó mi faz de guerrera. El instinto le mostró al lobezno la huella para encontrar su manada. La luna llena brilló sobre la Habana y el aullido de los cuentos se escuchó por toda aquella Añeja Ciudad. La fuerza despertó y el poder de la palabra se manifestó en todo su esplendor. Hoy físicamente no me encuentro junto a la manada. Volví por mi cachorra a quien quiero mostrarle las bondades de aguas más cálidas. Es el golpe de timón más fuerte que he realizado hasta ahora y sin quererlo el más fácil, ya que la iluminación fue real. Durante un poco más de diez intensos días el tiempo se detuvo y se unió con la sabiduría del todo. Cayó el velo de la virtualidad y los duendes con una pócima mágica durmieron a los guardianes. La Bella Durmiente despertó del trance con el beso del príncipe, pero en esta ocasión sin miedo a tener los ojos bien abiertos. El amanecer llegó con el trino de las aves y el sol brilló con más fuerza. La Habana se abría ante mí en compañía de dos maravillosos mosqueteros y una mujer extraordinaria  con quién tenemos mucho más en común de lo que hubiéramos imaginado. Allí estábamos a punto de lanzarnos juntos a la aventura cuando la Habana y sus tiempos nos puso otra vez a prueba. Digo otra vez, porque curiosamente nunca nos tocó contar a todos juntos, pero las idas y venidas ya habían echo lo suyo. Claro, todo casi cae al vació por intentar imponer aquella resistencia que sin darnos cuenta le ponemos al momento. Allí el chiflado más joven que muere de amor por su novia se le ocurrió ir a comprar una tarjeta de internet. A la chiflada de mi persona decidió acompañarlo, porque pensó que ya era hora de recordar que era madre y quizás era prudente comunicarse para que la criatura no pensara que fue abandonada. Así me hizo prometerle antes de partir, que volvería, ya que en la entrevista de radio la locutora de broma dijo que por ahí nos  quedábamos y yo no alcancé a negarlo, pues sabía que mi nena estaba escuchando y también que la tentación era infinita. A quién se le ocurre intentar algo así en Cuba, los dioses se encargan de castigarlo y mostrarle que en esta isla mágica se vive sólo en el presente, que la virtualidad no existe, porque Yemayá es real y nos observa...Así fue como nos perdimos largo rato y caminamos por lugares que no teníamos idea lo peligrosos que podían ser, aún cuando en la Habana es muy poco probable que algo le suceda a un turista, debido a las estrictas leyes que existen al respecto. Claro, llevabamos dos horas y media caminando y en ese tiempo ya debíamos estar en el hotel para que el chiflado número 3 no se pusiera nervioso y la prima que nos alojaría en su casa no fuese a pensar que nos habíamos ido por nuestra cuenta. De vez en cuando los dioses hacían de la suya, pues de vez en vez olvidábamos que tan perdidos nos encontrábamos y disfrutamos de las calles, los rincones, compramos unas galletas que nos salvarían de morir de inanición hasta llegar a la fila del internet. Era realmente eterna. Con su voz pausada y su optimismo a toda prueba el hermanito menor no dudó en tomar su lugar. Lo miré como diciendo estás loco. Me leyó la mente y me tranquilizó: no te preocupes, que nos van a esperar. En ese momento volví a conectarme con la resistencia y me dio rabia, porque en verdad quería ir por aquel café, visitar la Bodeguita del Medio, la catedral e ir a la playa. Hay tiempo para todo, pero en ese momento la frustración fue tan evidente el Principito decidió ir a comprar sus regalitos, mientras yo le guardaba el lugar. Al cabo de un tiempo volvío feliz con lo que había encontrado, pero aún no había terminado. Adivinando lo que sucedía se devolvió, preocupado por mí. La tensión fue grande al ver que de pronto se acercaban las tres de la tarde, hora en que el local cerraba. De la nada aparecieron personas que no estaban físicamente en la cola y que iban delante nuestro. Al ver la cara de displicencia del guardia y el gusto con que pensaba cerrarme la puerta en las narices no pude contenerrme y sacando de la mochila la credencial del festival como si fuera un salvoconducto le dije: 
"Sabe, Ud. no nos puede tratar así. Somos narradores invitados por el Ministerio de Cultura de Cuba y participamos de una comisión importante. Necesitamos comunicarnos con nuestras familias, ya que nos habían garantizado internet y hasta ahora no hemos podido conectarnos". De verdad el poder Jedi de la palabra fue grande y fui la última en entrar. El Principito se quedó afuera y me hizo el gesto de intentar conseguir dos tarjetas. Entendí que debía comprar tres, pero fue menos inmediato de lo que esperaba. El guardia se dió el gusto de dejarme para el final y ser la última persona en ser atendida. El dinero convertible alcanzaba sólo para dos tarjetas, pero ya!. Chiflado número uno pensó por un minuto que no lo había conseguido, pero su carita se iluminó al ver que estaba a punto de escuchar la voz de su novia. Ahora había que salir de allí lo más pronto posible. Claro así lo veía yo, pero los planes de mi compañero eran diferentes y otra vez decidió ir por sus regalos. Qué va, mi sed y mi hambre eran tal, que me senté en un bar a esperarlo. A esas alturas, ya había realizado el trabajo interior necesario para confiar en la vida y total como dice el sabio dicho de la prima, si el pasto es tuyo, no hay chivo que te lo coma. Disfruté de mis limonadas y del arroz con camarones al ritmo del song cubano. Cuando creí que el tiempo que había pasado era prudente pagué la cuenta, fui al baño y me puse a esperar al Principito que apareció justo en el momento en que mi sonrisa se desvanecía y en  mi mentón se dibujaba el gesto de una niña a punto de ponerse a llorar. Respiré aliviada y aquí íbamos otra vez. Por supuesto que al ritmo de Costa Rica, tan romántico que lo acompañé estoica a comprar y tallar los últimos detalles para pedirle la mano a su chica. Sin querer disfrutamos en nuestra Odisea, de Parques, Centro Habana, El Capitolio, EL Barrio Chino y el Callejón de la ¨Poesía. Avanzamos bastante en triciclo y el resto nuevamente a pie hasta por fin vislumbrar un lugar que nos hiciera sentido. Por fin nos encontrábamos en  camino y volvíamos al Mundo Conocido  Ahora era cosa de apresurar el paso y ya está. Un taxista con quien intentamos negociar, por lo poco que podíamos ofrecer no nos llevó, pero sí nos indicó la ruta más corta.  La felicidad de llegar y ver a México y la prima esperando por nosotros nos inundó al punto de no notar la preocupación, la rabia y la frustración que nuestros amigos habrían podido sentir durante las 6 horas de nuestra ausencia. A esas alturas,  ya les invadía la angustia y una real preocupación. Del alivio pasaron al regaño y los chiflados perdidos reportaron lo sucedido.  La tarjeta de internet servió para escuchar esa vocecita dulce y alegre. Romeo habló con la novia y así partimos felices los cuatro. Los dioses a cada uno le habían dado una lección y ahora venía el tiempo de disfrutar. Nos montamos en un Almendrón para vivir los días que nos terminarían de unirnos para siempre...Las imágenes de aquellos días en casa de Aimara, el paseo del trío dinámico a la playa, ver a Eyder con su carita montado en la motocicleta gritando que nos volveremos  a ver, mi café con Jack  Sparrow en el Escorial  para continuar aquellas pláticas sin fin, acompañadas de una oración en la Catedral a los pies de la Virgen del Cobre, la misma que protegió a Cuba del Huracán... Esas imágenes nunca las olvidaré, porque un Corazón con Sombrero sabe apreciar en plenitud cuando el tiempo deja de ser tiempo y sucede el milagro de palpar el  paso siguiente en la evolución humana: trascender el tiempo y el pensamiento. Esto no implica dejar de pensar, sino dejar de identificarse completamente con el pensamiento, dejar de estar poseídos por el pensamiento. Sentirse  cómodos en el estado de no saber, ya que este  estado  lleva más allá  de la mente, porque la mente siempre está intentando concluir e interpretar y atrapar los hechos en una linea temporal.  Tiene miedo de no saber  y dejar que surja  un conocimiento más profundo no conceptual. La verdad es mucho más omniabarcante de lo que podríamos llegar a imaginar y el despertar espiritual consiste en despertar del sueño del pensamiento y citando a Eckart Tolle la atención es el poder y la sabiduría. La antención concentra el poder en el aquí y en el ahora y nos permite crear la realidad para la cual estamos destinados. Frente a ese portal del tiempo me vi en la escalera del la Bodeguita al leer que María Fernanda de Chile en el 2017 había estado allí. Sólo que no era mi letra. El momento fue tan especial, porque fue el momento en que mi Yo se unió a mi Súper Yo y estaba Licenciado de Testigo. Desde la  Habana despegando otra vez, sólo que en esta ocasión en la dirección correcta. En esta noche en vela escupiendo afuera las palabras para que la mente de girar, al mirar por la ventana a pesar del temporal me doy cuenta de que es luna noche de luna llena. La loba añora reunirse con los suyos, pero sabe que el poder está en el aquí y en el ahora y de ello depende cumplir el sueño goliardo de encantar nuevos horizontes  y continuar por la senda trazada por el poder de la Palabra más allá del Costillar. 

martes, 8 de agosto de 2017

UNA MUJER QUE LEE

Rivera-Garrido, Martha (2014). Fragmento de Los Amantes de Inbox de Papel.





No te enamores de una mujer que lee, de una mujer que siente demasiado, de una mujer que escribe… No te enamores de una mujer culta, maga, delirante, loca. No te enamores de una mujer que piensa, que sabe lo que sabe y además sabe volar; una mujer segura de sí misma. No te enamores de una mujer que se ríe o llora haciendo el amor, que sabe convertir en espíritu su carne; y mucho menos de una que ame la poesía (esas son las más peligrosas), o que se quede media hora contemplando una pintura y no sepa vivir sin la música. No te enamores de una mujer a la que le interese la política y que sea rebelde y vertigue un inmenso horror por las injusticias. Una a la que le gusten los juegos de fútbol y de pelota y no le guste para nada ver televisión. Ni de una mujer que es bella sin importar las características de su cara y de su cuerpo. No te enamores de una mujer intensa, lúdica y lúcida e irreverente. No quieras enamorarte de una mujer así. Porque cuando te enamoras de una mujer como esa, se quede ella contigo o no, te ame ella o no, de ella, de una mujer así, JAMÁS se regresa.