María Fernanda Moletto . Con la tecnología de Blogger.

sábado, 24 de abril de 2010

En Puerto Varas


Habíamos quedado en que el camión partió con todas nuestras cosas y nosotros con Picolina aún gozábamos de la comodidad y el regaloneo en la casa de mis papás. Viajamos en avión un viernes. Mis papás nos fueron a dejar y mi mamá me ayudó con la chica y las cosas hasta atravesar el portal magnético. De ahí hasta nuestro gate se apiadó un alma caritativa y me llevó un par de cosas. El vuelo fue perfecto, nadie se sentó con nosotros y Picolina saltó en los asientos, subió y bajó la ventanilla mil veces y se tomó todo el jugo que le ofrecieron. El reencuentro fue emocionante. Claro que llegar a una casa que no conoces, llena de cajas, fría y con olor a pintura, en la tarde noche sin nada funcionando ni para calentar la comida de la guagua es un poco chocante. Se me pararon los pelos. De a poco nos empezamos a familiarizar con las cosas. Claro que Picolina acusó demasiado el cambio y dejó de comer. Deambulaba como alma en pena aferrada a su tete y su tuto. Tomará tiempo que lo deje nuevamente para sólo dormir. No había pasado una semana y estabamos pidiendo auxilio. Vino mi mamá y con ella en casa mi hija se sintió mejor. El doc le recomendó un ansiolítico y comenzó a comer otra vez. Nos volvió el alma al cuerpo. Las cosas comenzaron a fluir, de las cajas empezaron a aparecer las cosas imprescindibles y la casa empezó a tomar forma. Conseguimos una señora que nos venga a ayudar dos veces a la semana y los amigos y conocidos de acá pasaron a saludar. Ayer viernes comenzó la vida social con Picolina incluida. Algunos días han sido más amables y pudimos sacarla a pasear a la costanera, ver el lago y los patos. Se le iluminó la carita a mi chiquitina. Bueno de a poco y con paciencia. Hay que aprender muchas cosas. Manejar una casa es muy diferente a vivir en departamento. Partiendo por acordarse de sacar la basura, aprender a manejar la cocina a leña, saber cuánto rinde el balón de gas, cuántos litros necesita la comet, etc. Cambiar de lugar con la familia entera es muy diferente a sólo agarrar una mochila y partir.

1 comentario:

  1. Oh, Feña, cómo te cambió la vida!
    Qué fuerte la llegada, me imaginaba yo en tu lugar y creo que habría pescado a mi cabra y me habría ido a un hotel (de hecho sé de uno perfecto que hay en tu ciudad).
    Pobre la chica, qué bueno que ya está comiendo porque sino el ansiolítico te lo tendrías que tomar tú, jajaja.
    Cuando yo me cambié a casa lo que más me costó fue acordarme de la basura, pasaba semanas pudriéndose en el bote y los del camion deben haber pensado quizás qué.
    Cariños y tennos al día, sube fotos de la casa y de Uds.!

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